Santa
María Micaela del Santísimo
Sacramento.
Fundadora. Año 1865.
¿QUIÉN
FUE LA MADRE SACRAMENTO?
Micaela
Desmaisiéres y López de Dicastillo nació en Madrid el 1 de enero de 1809, en
una época turbulenta en que España estaba agitada por la guerra de la independencia.
Su padre, de origen flamenco, Brigadier de los ejércitos españoles estuvo empeñado
en las campañas de esta guerra, por lo que su madre, Condesa de la Vega del
Pozo y marquesa de los llanos de Alguazas, en compañía de sus hijos, se vio
obligada a abandonar su hogar en la noche para seguir las vicisitudes de su marido
y los azares de la guerra, con la consiguiente pérdida de buena parte de sus
bienes.
Micaela
se educó en las religiosas Ursulinas de Pau durante dos o tres años, pero al
quedarse huérfana de padre en 1822, ya había regresado al hogar familiar. De
su madre recibió una educación piadosa y de acuerdo a la clase social a que
pertenecía. De su padre heredé el carácter altivo y noble que aquel poseía
Ella nos dice que tenía "un genio dulce, amable, amiga de la paz en todo,
holgazana, golosa, zalamera, muy compasiva y amiga de reconciliar los hermanos y
criadas era en extremo viva y ligera para todo".
De
sus ocho hermanos, unos murieron prematuramente y el único varón que quedaba,
Diego, estaba siempre ausente de la familia por sus negocios y cargos diplomáticos.
Esto la obligó a ocuparse dé los intereses familiares, desarrollándose así
en ella un carácter enérgico y unas dotes de gobierno y organización. Ella
nos dice también que no le gustaba "nada que no fuera verdad", la
expresión de su carácter franco y abierto. "Historia, vidas de Santos,
viajes, bordar, coser, pintar, escribir, y muchas novenas y un sinnúmero
de rezos, todo esto lo hacía sin descanso, pues era víctima del orden. Su
madre, previsora, les hacía «aprender a planchar, a guisar, como un oficio,
por lo que pudiera suceder.
Micaela
era de muy buena estatura, más bien alta, algo corpulenta y
bien proporcionada en su
edad ya madura. Tenía la cara un poco larga, la tez blanca v encarnada, los
ojos de color castaño oscuro, la frente despejada y tersa, los labios rojos y
delgados, los dientes blancos y pequeños; la voz más bien aguda, el cabello
fino y casi negro, tas manos de perfecta belleza. De carácter alegre y de
conversación amena, cautivaba fácilmente a los que la rodeaban.
La
formación cultural de Micaela fue vulgar, como era costumbre en su época; su
preparación doctrinal es pobre, carece de base bíblica y adolece del
individualismo algo sentimental propio del siglo XIX. Las luchas políticas, con
sus alternativas de gobierno entre absolulistas y liberales, marcan la vida
social española y tienen su repercusión en la vida familiar, y mucho más
todavía en la vida de las instituciones de tipo social y religioso.
Tal
fue la madera con que se labro la Madre Sacramento y el ambiente en que se
desarrolló su vida y su obra. Más adelante veremos cuál fue el secreto de esa
vida, el impulso que la hizo crecer y fructificar.
PREPARANDO
LAS VÍAS DEL SEÑOR.
Micaela,
como toda mujer, deseaba amar. Por eso, ella se sintió feliz cuando el amor
llamó a las puertas de su corazón. Francisco Javier Fernández de Henestrosa,
hijo del marqués de Villadarias, parecía el llamado a unir a ella su destino
Casi tres años duraron esas relaciones, que al fin se deshicieron, por razones
muy humanas en apariencia, pero en realidad porque otros eran los planes de
Dios. Ni fue esa la única vez que el amor solicitó a Micaela. pero nunca llegó
a realizarse, aun cuando la futura Fundadora se creía entonces llamada al
matrimonio. No conocía todavía los caminos del Señor.
La
vida de Micaela discurrió durante bastantes años por los cauces comunes a toda
vida de mujer de su edad y condición. Es piadosa, pero con un cristianismo
vulgar, te se alimenta de rezos y
novenas y que sabe compartir su tiempo con las distracciones ce una sociedad
frívola por parte, y las obras de caridad por otra. Es verdad que la Eucaristía
la había ya cautivado y que de joven había pasado muchas horas junto al Sagrario,
pero todavía Cristo no se había posesionado de su corazón. Aún quedaba sitio
para muchas otras cosas.
Vanidades
de mujer, sin trascendencia creía ella. Micaela quería seria primera en vestir
el moaré que venía de París y el traje tenía que ser a la última moda.
Airosa amazona, le gustaba salir a caballo con una escolta, entre la que parecía,
y sentía el placer de ser admirada y querida. Esta vida de mundo tuvo su apogeo
en el año 1846 en que estuvo en Paría, año que ella llama “perdido”, en
el que gastó en lujo, bailes y distracciones, en una vida enteramente disipada,
aunque no mala, y de la que ella no conocía los peligros.
No
obstante, Micaela tenía un gran corazón, que no se saciaba en esos
pasatiempos. Y si a ellos dedicaba parte del día y de la noche, otra parte la
ocupaba en obras de caridad y de celo.
Ya
en su juventud tuvo en su palacio de Guadalajara una escuela de doce niñas
pobres, cuidaba enfermos en sus
casas y les repartía ropas y alimentos. Y durante el cólera de 1834 asistió a
los atacados por la terrible epidemia con un valor admirable, acudiendo al
hospital y asistiéndolos en sus propias casas, hablándoles “de Dios y de la
Virgen” y no dejó de ir mientras duró el cólera.
A la
muerte de su madre (año 1841), nos dirá ella, escogí a la Santísima Virgen
el mismo día, para que la reemplazara y la hice una entrega formal de todo mi
ser. Además, por distraerme de estas penas tan hondas en un corazón, me ocupé
en obras de caridad.. En Madrid junté señoras, diez o doce, y pusimos la Junta
de socorros a domicilio, después.. la Junta para el socorro de las monjas, y
así fui haciendo obras de caridad.
Entre
éstas no podemos silenciar, por la importancia decisiva que tienen en su futura
vocación las visitas al Hospital de San Juan de Dios. La primera se remonta al
6 de febrero de 1848. Es llevada a dicho hospital por su amiga Ignacia Rico de
Grande por encargo del P. Eduardo José Rodríguez de Carasa, S.J., confesor de
su madre y a quien ésta encargó antes de morir velara por su hija. Allí enseñaban
doctrina a las enfermas varias señoras pertenecientes a la Congregación de la
Doctrina Cristiana y allí conoció Micaela la suerte de muchas pobres jóvenes
que, por miseria e ignorancia, habían caído en el vicio y la depravación.
Así
llegó Micaela al año 1847, fecha clave en su vida. A instancias del P. Carasa,
hace con él, en el mes de abril, unos ejercicios espirituales, que van a
cambiar el rumbo de su existencia. Un mes después, en la fiesta de Pentecostés,
ya en Paris, recibe una gracia decisiva; a partir de ese momento va a Ser el Señor
quien la dirija. Dejémosla hablar: “sentí un trastorno muy grande y una luz
interior que obró en mí efectos muy marcados... Sentí un cambio de
inclinaciones y una fuerza Superior para vencerme en todo, presencia de Dios
continua. Un ansia que me devoraba por hacer oración, de modo que la
hacía cinco o siete horas al día, que me producía gran dolor de mis
pecados... Después me quedó un vehemente deseo de hacer penitencias y la
hice continuada por espacio de cinco años seguidos”.
UNA
CASA PARA LAS JÓVENES.
En
el Hospital de San Juan de Dios se abren los ojos de Micaela. Ella no sabía que
“hubiera esta clase de mujeres en el mundo". La chispa brotó al contacto
de una pobre joven, victima engañada por la seducción. En el hospital,
enferma, lloraba su desgracia. No es más que la repetición de tantas y tantas
historias. Micaela escucha y su corazón generoso busca el remedio. Aquella
joven volverá a su hogar, dignificada por el arrepentimiento. Pero,... ¡
cuántas dificultades para ello!. La idea se abre paso. Es preciso darles
una mano para salir de su infortunio. Una Casa donde pudieran donde pudieran
vivir una temporada, instruyéndolas en la Religión, mientras hallábamos modo
de colocarlas o volverlas a sus Casas".
La obra
se realiza en breve. Un sucinto reglamento hecho por Ignacia y Micaela, una
junta de siete señoras, una pequeña aportación económica, una casa en la
calle de Dos Amigos, nº 8, y se reúnen las primeras jóvenes. En abril de 1845
ha nacido ya el Colegio.
Pero
Micaela tiene todavía poco tiempo para él y mucho para el mundo. Es ardua
tarea y surgen las primeras dificultades, que afronta no obstante con valor.
Vende su caballo de montar para reunir fondos, y llora al desprenderse de él.
Micaela es mujer ante todo, pero mujer tocada por la gracia de Dios. Marcha a
París. El colegio va de mal en peor. A su regreso sólo quedan tres colegialas
y peligra la obra, pero su vida ha cambiado ya. Se hace cargo de la casa que
abandona la junta de señoras. Empiezan para ella las contradicciones. “Al
quedarme yo sola tuve honda pena, lloré...” Todavía no tiene valor para
dejarlo todo. Se vale de maestras, de religiosas. Nuevos sufrimientos. Se ve
calumniada, arruinada, despreciada,
abandonada por todos. Pero es el Señor quien la conduce, quien le asegura
"a tí quiero yo en mi obra'. Duda todavía. No tenía valor, ni me sentía
inclinada a variar de vida, nos dirá
ella. Pero si Dios lo quiere he de dejar yo de hacerlo aunque me cueste la vida.
Y
el 12 de octubre de 1850 hace el gran sacrificio. Deja las comodidades de su
casa, el cariño de sus hermanos, los halagos de la sociedad, para vivir con sus
chicas en el colegio, decidiéndose a servir al Señor “como Él
quería". Sólo un amor le sostiene, pues con él nada temía y sentía
valor y fuerza para todo pues de la oración sacaba fuerzas y una gran confianza
en Dios.
Van
a seguir tres años de grandes dificultades económicas. Nadie la ayuda. Tiene
que empeñar o vender sus joyas, su vajilla y equipaje para que la casa subsista
en medio de grandes apuros. Al mismo tiempo va tomando forma en el interior.
Surgen unas primeras Constituciones para el Orden y Gobierno del Colegio. Se
sirve aún de maestras seglares, que ella procura formar para las necesidades de
la obra. Pero no es fácil encontrar "vocaciones de mártir” y en los
momentos de mayor contradicción la dejan sola. Los ex amantes de las
colegialas, enfurecidos la amenazan. En el puño de una espada, cuyo dibujo le
han enviado en son de reto, escribe: “Ni a
eso temo". Intentan matarla, quemar el Colegio. Nada consiguen
porque Dios la protege.
En
1854 consigue una ayuda económica de la Beneficencia, que le permite respirar más
holgadamente. Se le han unido
ya algunas
maestras que van a perseverar. Son muchas las jóvenes que se han salvado ya del
naufragio de la vida. La
obra se consolida.
Lo que parecía
una locura es ya una realidad prometedora.
EL
SECRETO DE UNA VIDA.
La vida de Micaela tuvo un secreto que la transformó en la Madre
Sacramento. Fue para ella faro luminoso que le mostró el camino, impulso
vivificador que la alentó siempre.
Fortaleza invencible en los momentos difíciles. En efecto, es la
Eucaristía quien explica la vida de esa mujer y su obra fecunda en la Iglesia.
“Si el Señor sale, yo voy tras de Él! pues nada me hará dejarlo por mucho
que me hagan sufrir, pero sin El, no estaré ni una hora, dice ella misma en una
de las muchas persecuciones que tuvo que sufrir por parte de los buenos,
cuando el párroco quería quitarle el Sacramento de su Colegio. “Me mueve el
deseo que tengo impreso en mi corazón de amar a Dios por haberse quedado con
nosotros toda la vida en el Sacramento. ¡Esto me saca a mi de quicio o de
juicio!.
De
hecho, a partir de aquel Pentecostés de 1847, fue Cristo su maestro, ese Cristo
que ella va a recibir todos
los días en la comunión. La esperaba con ansia e impaciencia,
jamás a sangre fría y
hay veces que de
la oración saco más deseo, y
se me hace larga y
penosa la noche, que es como una distancia inmensa
que me separa
de unirme
a mi
Dios", nos dice.
Experimentaba
gran consuelo
en sus comuniones y fuerza y valor para sufrir
y padecer el
martirio por el
amor de Dios si
fuere necesario. Junto al sagrario, ante el que
permanecía muchas horas, recibía las ilustraciones que la guiaban en su espíritu
y en su obra. Todo lo consultaba con el Santísimo Sacramento y a Él recurría
en todas sus necesidades. Esta actitud es consecuencia lógica de la fe que la
animaba ante la presencia de Cristo en la Eucaristía. Ha percibido junto a su
pecho los latidos del Corazón divino y ha penetrado místicamente en la esencia
del misterio eucarístico. Este sacramento, así vivenciado, es el que explica
la vida, de Micaela.
Cristo,
allí presente, es para ella la manifestación del amor divino, un amor que ha
llegado a la locura de encarnarse, morir en una cruz y permanecer resucitado
con nosotras para ser el Pan de Vida y Bebida de salvación. “Me fui a
comulgar, y al pensar en el acto de amor que el Señor hacía conmigo, en venir
a mi pecho, deseé amarle con vehemencia; esto me hizo feliz. En la Eucaristía
encuentra el misterio pascual y allí, junto al Corazón divino, aprendo a amar
a los hombres, concretamente a sus chicas, porque sabe cuánto las ama Cristo,
que por ellas ha dado toda su sangre. El valor redentor de la Pascua de Cristo
sigue actuando en ellas por la Eucaristía, a través de la obra apostólica de
la Madre Sacramento.
La
vida de Micaela
está marcada por
la Eucaristía. Ello lo va a registrar en todas sus manifestaciones. Todavía en
París, eso mismo año, y más tarde en Bruselas y en España, se afanará por
extender el culto eucarístico, trabajará
por las iglesias
pobres y fundará una congregación religiosa eucarística y apostólica, en la
que se hace esclava del Sacramento y de la Caridad. Su insignia será la
custodia y su nombre Sacramento.
LA
FUNDADORA.
Al colegio de Madrid siguen pronto otros: Zaragoza
(1856) Valencia (1858),
Barcelona (1861), Burgos (1863), Pinto, filial de Madrid (1864) y Santander
(1865). Otras ciudades reclaman la fundación de un colegio: Pamplona, Vitoria, San Sebastián, Valladolid, Murcia.
El fallecimiento
de la Madre Sacramento hace
fracasar estos proyectos; algunos se realizarán años más tarde.
Las vocaciones se han multiplicado. Antes de morir la fundadora hay ciento cincuenta y seis religiosas.
El
nombre del instituto expresa perfectamente su espiritualidad
y sus fines. La esclavitud de la Eucaristía, que configura la personalidad
de la Madre Sacramento, toma forma de adoración. En
espíritu y en
verdad. Unida a Cristo en todo momento, la
Adoratriz adora al Padre. Acto
de adoración y vida de adoración Pero adoración
redentora, como la de Cristo.
No podía ser de otro modo para esclava de la eucaristía. Amar a Dios, pero
amarle también por aquéllas que no le conocen ni le aman. Enseñarles a
apreciar el amor de Dios, a amarle a su vez, evitar que le ofendan. “Si estas
hijas llegasen a comprender lo bien que Dios las ama y mira por ellas”.... ¡Cómo
se lo pagarían, amándole a su vez sin límites ni restricciones, dándole en
pago todo su corazón! Pues bien, hermanas mías, a ésto estamos llamadas las
esclavas: a amarle por ellas, interín les enseñamos lo que es Dios, y lo que
ellas le deben... Esto quita el juicio y anima y excita a seguir a un Dios tan
amante con nosotras en escogernos para su santa empresa de salvarle almas
y las nuestras con ellas. Por un pecado que lleguemos a evitar
somos felices y
le amaremos en
pago.
Es
la segunda
faceta de la vida eucarística de la Madre Sacramento: Esclava de la Caridad. Como Cristo adora al Padre
en el Gólgota muriendo en la cruz y resucitando al tercer día,
ella adora también al Padre consumiéndose en servicio de sus chicas, de
aquellas jóvenes que, caídas en el pecado, son incapaces de levantarse por sí
mismas, y haciendo que la victoria de la resurrección se manifieste también en
ellas. Esto lo realizará por medio de colegios internos de
formación religiosa social y
profesional, donde las jóvenes pueden rehacer una vida rota por el desorden, o
preservarlas de peligros graves de caer en él. También la fundadora prevee
establecimiento de otras obras de preservación inmediata, para liberar a las jóvenes
del riesgo de la miseria y la ignorancia, como son las escuelas para las niñas
de las clases sociales menos protegidas.
LA
ESCLAVA DE LA CARIDAD.
Ser esclavas de Jesús
y de la Caridad no es un nombre vacío; es real y verdadero. Bien lo sabe la
Madre Sacramento. El amor de
Cristo es
exigente. Amar a Cristo significa amar también a los hombres. Por eso ella se
ha hecho esclava de la Caridad.
De
joven, había practicado muchas obras de caridad. Eran fruto de un incipiente
amor a Dios, alimentado por un corazón compasivo. Ante todo sus colegialas, llegó a amarlas tanto que las hizo
sus hijas. Y eran una necesidad para su corazón. Cuántas colegialas podrían
hablar aquí del heroísmo de su Madre. Aquella joven con sarna, que ella cura
durante la noche, para que nadie se entere, sin importarle
el peligro del contagio, y
la joven curó de
cuerpo y alma. Y
la joven atacada de cólera. Tenía la Madre Sacramento un remedio eficaz, que
le han regalado para ella. Yo he de estimar más mi vida que la de una
colegiala? Oh no! se decía. Y se lo dio todo. Se salvó y también su alma. Y
la casa de ladrones, la gatera, las casas públicas, que la vieron entrar,
decidida, exponiendo su vida y su honra para salvar a víctimas indefensas. Y la
consiguió, sin arredrare ante amenazas ni insultos.
No
son sólo las colegialas reciben los beneficios de Su Bondad. Esta trasciende
las puertas del colegio, visita hospitales y cárceles. Durante muchos años fue
Micaela Hermana Mayor de la Congregación de la Doctrina Cristiana, asistiendo a
las enfermas en el hospital de San Juan de Dios.
La caridad
de la Madre Sacramento va todavía más allá y alcanza los últimos repliegues
del corazón humano, aquello que más nos duele cuando nos sentimos ofendidos.
Sin embargo, ella perdona siempre. No sólo perdona y olvida sino dispensa sus
favores a quien más la ha ofendido, llegando a decirse: "Quisiera que
Madre Sacramento me contara en el número
de sus enemigos". De
esta magnanimidad podrían hablar Sor Regis, Mme.
Bonnat, Teresita, el comandante querido de Trinidad, las varias colegialas que
intentaron matarla, etc.
Jamás murmuraba ni dejaba conocer los defectos de los demás,
recomendando siempre a sus hijas el amor. Como eco de San Pablo nos dice: “La
caridad todo lo sufre, todo lo tolera, todo lo
juzga bueno y de nadie piensa mal”.
De
tal manera
practicó la Madre Sacramento la esclavitud de la caridad, que pudo escribir,
casi al final de su vida: “ Voy a todas partes coma indigna sierva del que pasó
haciendo bien, para prestar servicios en nombre de la caridad, y no para
exigir
Sacrificios". Y es porque había comprendido las palabras de San
Juan: “Quien no
ama no conoció a Dios, porque Dios es amor” (III Jn 3,8) Su muerte sellará
una vida de caridad.
HACIA
LA CUMBRE.
Año 1847... Pentecostés, fecha
clave... la fuerza de la Eucaristía... Pero
el milagro no se realizó de repente. Anos de
forcejeo entre la gracia y la naturaleza. Tiempo en que Cristo va echando las
redes y la cautiva a través de aquellas gracias extraordinarias, que hacen
decir al confesor de Bruselas: “Es usted la niña mimada del Señor. Y ella se
va desprendiendo poco a poco de sus bienes y de su vida.
Y son los sufrimientos
ocasionados por un mayordomo y una criada, que ella acepta con resignación. Y
es aquella promesa de no faltar al señor para que El no le falte en la comunión.
Y tantas otras cosas que la van despojando poco a poco. El P. Carasa, su
confesor, la va guiando con prudencia.
Hace al Señor voto de castidad y rechaza varias propuestas
matrimoniales porque no quería mas esposo que
Dios. Y decide quemar las naves y entrar Hija
de la Caridad y luego Salesa. Pero no, Micaela. No es eso lo que el Señor te
pide. El colegio
te espera, la empresa va a ser difícil, pero ella contará con la fuerza de la
oración. Cinco y siete horas diarias. Ha descubierto el secreto y cambia los
rezos por la oración, "y se me pasaba este tiempo sin sentir, y estaba
todo él de rodillas.
He descubierto también otra palanca para ir hacia Dios: la mortificación.
Al final, el P. Carasa tiene que
frenar ese ansia de penitencia. El P. Claret, que le sucede a su muerte en la
dirección espiritual de la Madre Sacramento, le dará nuevas alas los últimos
años de su vida
Pero aún no está todo
hecho. Todavía
le queda a la Madre Sacramento dura batalla que librar, en la que, como siempre,
el señor luchará por ella. Es su propio temperamento,
eso tan nuestro que nos acompaña siempre. Sí, porque Micaela tiene un genio
muy vivo que le hace sufrir y desedifica a veces. Es por ello criticada y
pide al Señor
que se lo modifique. “No, Micaela, no, te conviene ese genio para humillarte',
le dice el P.
Claret. Pero la
transformación se realizó y la fundadora, sin perder la energía de carácter
se corvirtió en un manso cordero.
Pero si el Señor fue pródigo con ella, ella no dejó de corresponder con fidelidad. En últimos
años de su vida los sella con dos votos que añade a los de religión: el de no
cometer pecado venial deliberado y el de hacer siempre lo más perfecto. Los
cumplió con tanta exactitud que pudo exclamar casi al final de su vida: No creo
haber cometido desde que los hice - los ejercicios-
en 1847 un pecado mortal con conocimiento de tal, y desde
entonces no he resistido jamás a lo que Dios ha marcado querer de mi, y he hecho sacrificios de todo género,
bien penosos".
A MIS HIJAS PEQUEÑAS ... A QUIENES AMO DE TODO CORAZÓN.

Las
colegialas son la razón de ser de
la Madre Sacramento.
“Por ellas he fundado...” nos dirá. "Son ya una necesidad para
mi corazón”. El amor fue la base
de su sistema pedagógico. Las amo así, tal como eran, y precisamente porque
eran desgraciadas. Y por eso supo ganar su corazón. Salía frecuentemente en
busca de la
oveja descarriada
y cuando la
encontraba le decía: “Hija mía,
abandona la vida que llevas;
si no tienes otros medios
para comer y vestir, yo te los proporcionaré. Ven conmigo a mi casa yo seré tu
madre" y la
invitación fue muchas veces escuchada
Pero
la Madre Sacramento no quería ganarlas para un amor humano, sino para el
divino. Era su aspiración, las amaba mirando a Cristo, que por ellas derramó
su sangre. Con un desinterés total, limpio de todo egoísmo o amor propio.
"Nuestro trabajo no es para el mundo ni por la gloria que sus elogios nos
pueden dar” decía a sus hijas Adoratrices. Y enseñó a las jóvenes a amar a
Dios. Muchas respondieron a esta llamada formando familias cristianas o llevando
la luz de la fe a lugares descreídos, otras
ingresaron en la vida religiosa
y en el
claustro llevaron una vida de perfección.
También sabía la Madre Sacramento que sólo se corrige
quien quiere corregirse. Por eso exigía que la entrada en cl colegio fuera
libre, que estuvieran arrepentidas, y por eso el mayor castigo era el despido
del Colegio.
Todo castigo corporal está prohibido en el colegio, saber escuchar a
cada una en particular, pero, cuántas dificultades tenían las pobres jóvenes
para rehacer su vida. Y por eso procura rodear a las colegialas de un clima de
alegría y de paz. Juega con ellas cuando es necesario y les procura todo el
bienestar posible.
Parte
muy importante en esta reeducación la da la Madre Sacramento al trabajo.
Frecuentemente la miseria ha conducido a las jóvenes a la degradación; el
vicio ha creado hábitos de vagancia que hay que desarraigar. De aquí que hay
que acostumbrarlas al trabajo, "con el cuál han de ganar después su
subsistencia. Quiere prepararlas para la vida. Son los oficios propios de su
tiempo coser, zurcir, guisar, planchar, bordar, hacer guantes; y también hacer
flores y encajes, y aun la música. Como instrucción intelectual se les enseñará
a leer y escribir, no olvidemos que estamos a mediados del siglo XIX, en que
abundaba el analfabetismo, sobre todo en la mujer. La ilusión de la Madre
Sacramento fueron los talleres profesionales, para los cuales le regalaron máquinas,
pero que no pudo instalar como deseaba por falta de local.
Otra
ilusión de la fundadora fue el poder dar a las colegialas una dote a su salida
del colegio. No solo permitió nunca la situación económica de la casa, pero
siempre se preocupó, como algo muy importante de la reinserción familiar y
social de las jóvenes.
Mil
ciento dieciocho colegialas pasaran por la casa de Madrid en vida de Santa María
Micaela. Muchas le deben su bienestar y, lo que es más, su salvación eterna.
APOSTOLADO
SOCIAL.
La Madre Sacramento dedicó su vida a la
fundación de la Congregación de Religiosas Adoratrices y esclavas de la
Caridad, con sus colegios de reeducación, ejerciendo así un notable influjo en
la sociedad del siglo XIX. Pero su radio de acción trasciende los límites
del Instituto: actúa también en el campo eclesial y social, unas veces a
instancias de la jerarquía. otras movida por las circunstancias que la rodean,
pero siempre a impulsos de la llamada divina.
También debemos señalar su apostolado con la Familia Real,
particularmente con la Reina Isabel II, que le ocupó buena parte de su tiempo
en los últimos años de su vida. Después de haber abandonado, para no volver
jamás, los salones del regio palacio, donde lució sus galas juveniles, tuvo
que retomarlo llamada por la misma reina y obligada por
su confesor San Antonio María Claret. Peno volvió
con alpargatas blancas para humillar su orgullo, cargada como un comerciante.
Isabel II supo apreciar la riqueza de alma de la que
pasó por loca en la
soledad y la hizo
su confidente. La
Madre Sacramento se aprovechó
para mejorar las
costumbres en la vida de palacio y para guiar el corazón
de aquella pobre
reina, víctima de sus pasiones y de las intrigas cortesanas. Y para evitar todo
interés humano,
se mantuvo siempre
ajena a la política,
de la que no entendía nada, e hizo voto de no pedir jamás, nada a la reina.
También las Escuelas
Dominicales de España le deben su existencia.
Trajo de Bruselas la idea
y no descansó hasta implantarla en Madrid,
Zaragoza, Valencia y Murcia, y de allí se extendieron por todo el país.
Aunque, como siempre, quiso permanecer en la sombra,
hoy la historia abre camino a la verdad. Las
conferencias de San Vicente de Paúl la contaron igualmente entre sus miembros
e intervino en la fundación de las de Zaragoza.
No podemos tampoco omitir la labor desarrollada por la Madre Sacramento
como escritora. Nos ha dejado varios documentos con la historia de su vida y de
sus fundaciones, con los favores y luces que recibía del
Señor, escritos
por obediencia a sus confesores. Esta faceta de su vida es aún poco conocida
aunque su autobiografía ha sido ya publicada y pronto seguirán otros escritos
y el epistolario, dando así una aportación positiva a la espiritualidad de
nuestro tiempo
Estamos en 1865. La epidemia de cólera agita a España.
En algunos
lugares con mayor intensidad; entre estos, Valencia. En los primeros días de
agosto, la Madre Sacramento se encuentra en Guadalajara, procurando adelantar
los apuntes de su vida Tiene que regresar a Madrid por encontrarse indispuesta.
Allí le informan que la Superiora de Valencia está
enferma y la
comunidad acobardada. Decide ir allí
para animarlas y
consolarlas. Madre Sacramento, ¿no te detiene el cólera? consulta
reservadamente. "Lo más prudente es quedarse. Lo más perfecto ir”. Y se
fue.
Casi extraña esa cautela en la fundadora, que tantas veces había
arrostrado el peligro de la epidemia sin vacilación. ¿Sabía que iba a morir?
Muchos indicios lo hacen suponer.
El 21 de agosto por la noche, sale de Madrid. La despedida de sus hijas,
tanto de Madrid como de Pinto, es emocionante; es la despedida de la madre, que
sabe que no va a volver. La acompaña la H. Catalina de Cristo. A un amigo íntimo,
Enrique Ojero, que había acudido a la estación con su esposa para despedirla
le dijo: "Ojero, le encomiendo a usted a mis hijas". En
Aranjuez pretenden disuadiría de continuar su viaje: ¿Va a morir por las
desamparadas? Son mis hijas. En Albacete, el Comisario de Gobierno,
superviviente de la enfermedad reinante, quiso detenerla. Ella contestó:
"Ese miedo, o mas bien, esa
poca fe, la tienen ustedes los
que no hacen
las cosas por
Dios y están pegados al mundo y por eso les asusta la muerte; pero los que servimos
a Dios, a nada tememos y
fiamos de Él.
El 22 llegó a Valencia, con
un calor abrasador. Recibió la Sagrada Comunión y visitó a las enfermas. Había
ya cinco hermanas coléricas y más
colegialas. La Superiora con tifus. Todas se reanimaron al verla. A alguna
profetizó que curaría, como así fue. Al día siguiente fue a visitar a
Nuestra Señora de los Desamparados, al prelado de la Diócesis y a D. Juan
Montañés, protector del colegio y luego se encerró en casa constituyéndose
en enfermera de
todas.
El día 24 era jueves. Por la mañana acompañó
al médico en la visita,
ayudándole a curar varias enfermas. Ya no se encontraba bien. A la una la
enfermedad se presentó con síntomas alarmantes. No se encontraba médico.
Siguieron horas de angustia para las hermanas. Una consulta médica quitó toda
esperanza. El caso era muy grave. Se piden oraciones por telégrafo. La madre
sufría horriblemente, pero con una calma admirable. "A las doce ya no me
dolerá nada", profetizó la enferma. El
P Vinader, S..J,, acude a confesarla y la acompaña hasta su muerte. A las 8 de
la noche el viático, "gracias, Dios mío. ¡Ay! qué favor! qué
consuelo'. Dios te lo pague, hija,
yo no me atrevía
a pedirlo". Lo recibió con grandes demostraciones de
consuelo. A la.
Sma. Virgen encomendó
sus fundaciones:
"Madre Mía para honrar vuestros siete Dolores, os dejo fundadas siete
casas; amparadlas, Madre mía. acogedlas bajo vuestra protección". El P.
Vinader nos dio este testimonio: "En medio de sus agudos dolores oraba y se
puede decir que no ceso ni un memento de orar todo el tiempo que duró su
enfermedad... ni un momento en
que cesase de
estar en la presencia de
Dios, siempre mostrándose
afable, resignada y fervorosa.
Imposible poder
desear una muerte más
feliz".
A
las doce menos cinco, minutos de la
noche, tal como había profetizado, entregó su alma
al Señor con la muerte
de los justos. Poco antes de morir se lo oyó con
palabras entrecortadas: "Pedro, abre la otra media, que he de entrar
acampanada, no he do entrar sola". En efecto, al
mismo tiempo morían otra Hermana y dos colegialas. Falleció tal como había
vivido, esclava de la Caridad
Pasaron los años,
la fama de Santidad de la Madre Sacramento aumentaba
cada día. En 1889 se incoó el proceso
de beatificación y canonización. El 7
de julio de 1925
es
beatificada por Pío
XI y el 4 de
marzo de 1934 inscrita
en el catálogo de los Santos.
La Madre
Sacramento es
hoy testigo de la santidad
de la
Iglesia, mensaje
de amor es válido para hoy como
para ayer.
LA
OBRA DE LA MADRE SACRAMENTO HOY.
Han
pasado más de cien años. La obra de
la Madre Sacramento va adelante. Ha evolucionado,
como es natural.
La vida no está nunca inmóvil, pero conserva su
espíritu.
Siempre
la Adoración al Santísimo Sacramento
es el alma del apostolado en favor preferentemente
de las jóvenes
inadaptadas. La sociedad
actual presenta diversa problemática
entorno a la mujer, que obliga a formas
de apostolado. El
pensamiento
de la fundadora
abarcaba otras
obras, que hoy son realidad. Siempre
su espíritu
alentando, guiando, impulsando.
Ciento
seis son ahora las casas repartidas por Europa, Asia,
África y América, donde trabajan unas dos mil
religiosas las obras que abarca son múltiples, a favor de la juventud: hogares
de formación, grupos de familia, talleres y escuelas profesionales,
residencias y comedores, escuelas, apostolado en zonas de suburbio, catequesis y
pastoral juvenil. Pero siempre, siempre al mismo tiempo que se procura la
promoción de la juventud, el ideal de la Madre
Sacramento: llevarlas a Cristo enseñándoles a vivir
como cristianas responsables y comprometidas. Los
resultados sólo Dios puede medirlos. A nosotras toca trabajar en silencio,
para buscar satisfacciones humanas. Sólo
a Dios sea dada la gloria.
Hoy la Congregación de religiosas tiene Casas en:
EUROPA
España:
Madrid, Zaragoza,
Valencia,
Barcelona, Burgos,
Santander, Ávila, Salamanca, Pamplona,
Granada,
Logroño, Bilbao,
Gerona, Oviedo, Córdoba Alcalá de
Henares (Madrid),
Málaga, San Sebastián, Almería, Algorta Neguri(Bilbao), Gijón, Palma de
Mallorca, Badalona (Barcelona), LaS
islas se Gran
Canaria. Huelva,
Badajoz, La Coruña,
Sevilla, Valladolid, Guadalajara, Ciudad Real, Alicante,
Cartagena, Algeciras
(Cádiz), Albacete, San Justo Desvern (Barcelona), Tafira
(Las Palmas) y
Torrente (Valencia).
Italia: Roma, Bitonto (Bari), Milán, Bergamoo y Torre Boldone (Bergamo))
Francia.
París.
Inglarerra:
Londres
Portugal:
Braga, Evora y Lisboa.
AFRICA
España:
Ceuta.
Marruecos:Tánger
ASIA
Japón:
Tokyo, Osaka,
Yokohama, Ichinomiya y Fukukashi
India:
Calcuta, Bombay, Puri
(Qrisa), Goa, Daringabadi,
Munigoda y Sukananda
AMERICA
Argentina:
Buenos Aires, Córdoba; Martínez (Buenos Aires). Pergamino (Buenos Aires),
Rosario de Santa Fe, San Miguel de Tucumán y
Villa
Progreso (Buenos
Aires).
Chile:
Santiago. Cunaco. Curacautín, San Francisco de Limache, Talagante,
Talca y Viña del
Mar
Colombia: Bogotá,
Armenia (Quindio)
Bucaramánga, Cali
(Valle), Madrid (Cundinamarca)
Manizales
(Caldas), Medellín(Antioquia),
Pereira (Rizadla) y
Puente del Común (Cundinamarca).
Bolivia: La Paz, Cochabamba,
Santa Ana de Yacuma (Beni), Santa Cruz y Sucre.
Venezuela:
Caracas, Dos
Caminos (Estado Miranda),
Maracay (Estado
Aragua), Mérida (Estado Mérida), San Cristóbal
(Estado Táchira), San Fernando (Estado Apure)
y Los Teques.
FECHAS
IMPORTANTES EN LA VIDA DE SANTA MARÍA MICAELA.
·
1 de
Enero de 1809:
Nace en Madrid en la calle Libertad, Micaela Desmaisiéres
y López de Dicastillo
·
4 de
Enero de 1809:
Es bautizada en la Parroquia de San José. Se le impusieron los nombres de María
Soledad, Micaela.
·
1830:
En Guadalajara tiene una pequeña escuela, con 12 niñas pobres.
·
6 de
Febrero 1844:
Visita por primera vez el Hospital de San Juan de Dios. De aquí nace la primera
inspiración de su obra.
·
21 de
Abril de 1945:
Se inaugura en Madrid el Colegio de María Santísima de los Desamparados, en la
calle de los Dos Amigos nº 8.
·
Mayo
1847: Favor místico
del Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés, en París.
·
12 de
Octubre de 1850:
Se queda a vivir definitivamente en el Colegio, calle Atocha nº 74.
·
1 de
Enero 1857:
Profesan las primeras Adoratrices.
·
8 de
Septiembre de 1859:
Se instaura en la Congregación la Adoración Perpetua.
·
15 de
Junio de 1860:
Profesión perpetua de Madre Sacramento, en Madrid.
·
24 de
Agosto de 1865:
Fallece en Valencia, víctima de cólera, a las doce menos siete minutos de la
noche. Deja fundadas siete Casas en España.
·
24 de
Noviembre de 1866:
Aprobación definitiva de las Constituciones de Religiosas Adoratrices.
·
19 de
Agosto de 1902:
Firma del decreto de introducción de la Causa de beatificación, por el Papa León
XIII.
·
7 de
Junio de 1925:
Beatificación en Roma, por el Papa Pío XI.
·
4 de
Marzo de 1934:
Canonización de la Beata María Micaela, por el Papa Pío XI.